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Ñengle (“La ambición rompe el saco”), por Baron ya Bùk-Lu
02/10/2014 -

Érase una vez, los amigos Etugu y Nzeé, o sea, La tortuga y el León, que después de unos años sin hablarse decidieron hacer las paces, por lo cual su convivencia tornó a la normalidad.

Llevaban varios días reuniéndose en la casa de la palabra, en busca de una solución, sobre la grave hambruna que azotaba a la región en aquel ”oyon”, o invierno del África Central.

Después de unos minutos de silencio, Etugu, exclamó:

- ¡Ya lo tengo! ¡Te digo amigo Nzeé que lo tengo!

- ¿Que es lo que tienes, amigo Etugu? — Preguntó Nzeé

- ¡Lo tengo! Me refiero a la solución a la hambruna. Ya no vamos a pasar más hambre, ya lo verás.— Insistió Etugu.— A partir de hoy tenemos que ir en busca de la solución, por lo cual, tú, amigo Nzeé, iras bosque abajo, o sea al sur, en busca de las fincas de plantación de los humanos. Basta ya de comer sólo carne, también puedes alimentar a los pequeños de la yuca, malanga, cacahuete, etc. A buen hambre, no hay pan duro, ya sabes… — Dijo Etugu.

- Sí, amigo, me parece buena idea, sólo que yo soy el jefe y creo que marcharé hacia el Norte. Ya te conozco. Siempre pretendes engañarme, seguro que te quieres ir al norte, porque ya sabes lo que haya se esconde… Ja,ja,ja.

Al día siguiente, Etugu y Nzeé, emprendían el camino a sus respectivos rumbos, uno a sur de la selva y el otro al norte, según habían pactado.

Etugu, llevaba un par de horas caminando en la selva, ya cansado, sediento y hambriento, se sentó a descansar un rato, sobre una piedra, cuando de repente oyó cantar un gallo. Era señal evidente de que se encontraba al lado de un pueblo de seres humanos.

Etugu se escondió tras un platanar, doscientos metros más arriba del poblado, y desde allí observó a un grupo de personas que se encontraban alrededor de un enorme animal, todos ellos con bolsas en las manos. Cuando el primer grupo de personas se alejó, comprobó que se trataba de un buey gigantesco.

La colosal bestia, que se encontraba situada en el centro del poblado, era para los aldeanos una especie de dios, que con su abundante carne era capaz de alimentar a toda la tribu.

La palabra clave para adentrarse y salir del gigantesco animal era “Ñengle, kúyébán”. Y una vez pronunciada esta frase, el ciclópeo buey abría su ano y la gente podía introducirse en su interior, de dos en dos, a coger la cantidad de carne que necesitaba para comer al día. Había una norma inviolable: ¡no tocar nunca la parte del corazón o las venas!

Tras más de una hora de espera, el centro del poblado se quedó vacío de gente y Etugu, al comprobar que no había sido visto por nadie, se acercó con mucho cuidado hacia el animal. Una vez en la parte trasera del bicho gritó — “Ñengle, kúyébán”— Y unos segundos después el animal abría su enorme ano.

Etugu, al encontrarse en el interior del animal, se puso manos a la obra y con mucho cuidado fue cortando, poco a poco, la cantidad de carne que necesitaba, o mejor dicho, los kilos, que podía cargar con su ebará, ya que se encontraba bastante lejos de su casa.

Cuando Etugu llegó a su casa dejó sorprendida a su familia. Su esposa e hijos se morían de alegría y no paraban de preguntarse cómo Etugu había realizado aquel milagro.

Etugu, después de contarles paso a paso lo que había sucedido, les prohibió a los miembros de su familia que contaran aquella sorprendente historia. Ya no sólo por no levantar envidia en el poblado, sino también por la reacción de su amigo Nzeé.

Pasado un tiempo, la familia Nzeé dejó de dejarse ver en el pueblo. Se encerraban en casa por vergüenza a ser vistos, por lo flacuchos y esqueléticos que se estaban quedando por el hambre que pasaban.

Una tarde, mientras Etugu se había ido a traer más carne de aquel animal, su hijo salió a la calle a pasear en busca de su amigo, el hijo de Nzeé. Éste, al llegar su amigo, le dijo desde el interior de la casa que no podía salir a jugar ya que se encontraba enfermo en la cama.

El hijo de Etugu insistió tanto que al final su amigo se asomó a la puerta. El hijo de Etugu, al ver a su amigo, exclamó:

- ¿Qué te pasa? ¡Te estás quedando en los huesos, dios mío! Ven conmigo a casa. Te voy a dar algo de comida.

Cuando el hijo de Nzeé regresó a su casa, su papá le preguntó:

- ¿Que te ha dado tu amigo?— Pregunto Nzeé.

- Me ha dado carne. Estaba muy buena y nosotros aquí pasando hambre. Qué pena…Tienen mucha carne. Me ha dicho que no os diga nada.— Respondió a su padre.

- Aquí está pasando algo raro.— Susurró Nzeé. [Continuará]


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